Jose Carlos Mariátegui      PERU KÄMPFT
UNA PUBLICACION DEL CIRCULO DE TRABAJO MARIATEGUI  EN ESPAŅOL Y ALEMAN
Peru kämpft
N° 5
ACUERDO DE PAZ Y PACIFICACIÓN: DOS POLÍTICAS

Desde siempre, las posiciones de revolución y contrarrevolución se han diferenciado. Esa diferenciación obedece a que cada campo defiende los intereses de clase que representa. El Perú no es una isla aparte, ahí también se enfrentan el camino del pueblo explotado y oprimido y el camino de los explotadores y opresores. Desde 1980, la pugna se resuelve con las armas en la mano; con guerra popular, como continuación de la política de las masas oprimidas, bajo dirección del Partido Comunista del Perú (PCP) y, con la guerra contrarrevolucionaria, como continuación de la política de los opresores, bajo la dirección de la gran burguesía. Hoy, ambas partes plantean concluir la guerra. Pero, mientras la reacción habla de la "pacificación" del país, el PCP ha dado la consigna "Luchar por un Acuerdo de Paz!". Estos términos implican intereses y objetivos completamente opuestos, de acuerdo a la posición de cada clase. En la compleja lucha de clases todos se sitúan, consciente o inconscientemente, tácita o explícitamente, al lado de la revolución o la contrarrevolución. No existe posición intermedia. Así es y así será en el futuro. Bajo este punto de vista se debe ver las diferentes posiciones y actitudes, frente a la propuesta de un acuerdo de paz, planteada justa y correctamente por el Presidente Gonzalo, jefatura del PCP.

Cuando a fines de los ochenta la guerra popular se acercaba al equilibrio estratégico, la amenaza para el viejo Estado era cada vez más evidente. Incluso la guerra popular había devenido en un serio riesgo para la seguridad del imperialismo norteamericano en su zona de influencia. Los intereses del imperialismo, de reaccionarios y revisionistas, coincidían en que la tarea principal y urgente en el Perú era aniquilar la guerra popular, lo que demandaba una estrategia que llevase a la destrucción del Partido Comunista del Perú y de la guerra popular. Desde el comienzo, la guerra contrarrevolucionaria se centró en el aspecto militar, desarrollando genocidios masivos en todo el país, principalmente en contra de los organismos del nuevo Estado, como son los Comités Populares clandestinos y abiertos. En el campo de la reacción, se clamaba cada vez más, por un cambio de la estrategia antisubversiva, poniendo mayor énfasis en los campos político, económico y psico-social. Para ello, esbozaron y promovieron una guerra contrasubversiva más desarrollada, basada en los 4 elementos de la llamada guerra de baja intensidad, aplicándolos a las condiciones del país: acción cívica, control de la población y de recursos, operaciones psicológicas y la ampliación del campo de inteligencia. Todos unidos empezaron a propagandizar la "pacificación del país", lo que para ellos es aplastar la guerra popular para mantener su sistema de explotación y opresión.

La Iglesia Católica, mediante su portavoz, el seņor Vargas Alzamorra fue muy clara al seņalar que la "pacificación es una tarea impostergable para todos los peruanos". Inició la campaņa "Compartir 1990" bajo el pretexto de ayuda a los 50 mil desplazados de las zonas de emergencia. En octubre de 1990, sale a luz cómo la Iglesia crea y desarrolla organizaciones para combatir y enfrentar la guerra popular. No sólo cumple el papel de escudo ideológico para el campo de la reacción, sino también interviene en la política y en lo organizativo, desarrollando el criterio de que, por encima de la lucha de clases, está el soņado reino de los cielos, encubriendo aquí en la Tierra, a ardorosos "cruzados" de frenéticos contrarrevolucionarios.

Al asumir el poder el gobierno actual, en 1990, coge los planteamientos sobre la "pacificación". Fujimori, en su discurso de asunción al poder, el 28 de julio de 1990, va a enarbolar el diálogo para presentarse como hombre que busca pacificar sin sangre, cuando en realidad se basaba en las bayonetas. Buscaba prestigiarse, encontrar apoyo para un genocidio mayor y decir en el futuro que su buena fe había chocado con la tozudez de los fanáticos, referiéndose al PCP. Pero su posición no era precisamente dialogar, sino sentar bases para aplicar una guerra antisubversiva más desarrollada y aplicar la estrategia contrasubversiva norteamericana de la llamada guerra de baja intensidad. Los criterios que vierte sobre pacificación, en ese mensaje son muy generales y escuetos.

En mayo de 1991, las opiniones y los lineamientos fueron más desarrollados. Concebían la lucha contrasubversiva, movilizando a todas sus fuerzas, tanto militares como civiles, en una ación coordinada con el uso de sus bases sociales u organizaciones de masas, la participación de la Iglesia, partidos políticos, medios de información, universidades e instituciones en general.

Plantearon un compromiso de pacificación y especificaron las funciones de los ministerios. El de Defensa, conformaría el "Comité unificado de Pacificación", que intentaría conducir la acción contrasubversiva para las acciones bélicas. El Ministerio del Interior, debía fortalecer las fuerzas policiales y reaperturar los puestos policiales clausurados. Al Ministerio de Relaciones Exteriores le correspondía desarrollar una campaņa para contrarrestar el prestigio cada vez más creciente del PCP y la guerra popular en el exterior. Los Ministerios de Educación y otros deberían aportar al plan de pacificación con otros medios a su disposición. Además, el Comando Conjunto de las fuerzas armadas y policiales planteó nuevas concepciones y fundamentos ideológicos, teóricos y prácticos que deberían sustentar el plan de pacificación, apuntando a mejorar la imagen de las FF.AA. y FF.PP. y ampliar sus funciones en acciones no-militares.

Por su parte, el imperialismo norteamericano, a través de su Departamento de Estado y de Defensa, tomaba interés directo en la guerra contrasubversiva. La íntima ligazón entre el Departamento de Defensa de EE.UU. y las fuerzas armadas del Perú se evidenciaba en muchos aspectos, especialmente en aquellos de orden psicológico, logístico e inteligencia.

En aplicación de esta concepción estratégica, las FF.AA. y FF.PP. empezaron con operativos sistemáticos en barriadas y aldeas. En estas llamadas "acciones cívicas", primero allanaron las casas en horas de la madrugada y detuvieron a todo sospechoso de ser simpatizante o activista del PCP. Luego reunieron a toda la población para empadronarla y darle charlas políticas, para después pasar a repartirles ropas y víveres donados por el imperialismo. En el campo aprovecharon estos operativos para presionar al pueblo a que forme rondas campesinas, como tropas auxiliares bajo mando de las FF.AA. Práctica frecuente era acusar de "terrorista" a todo aquel quien se oponía, lo que implicaba la muerte segura . Una vez formadas las rondas les repartieron armas y pusieron a la cabeza licenciados del ejército o gamonalillos de su confianza para poder controlarlas.

En cuanto a guerra sicológica, el gobierno convino con los medios de información más importantes del país, de reducir al mínimo la difusión de las acciones de la guerra popular y centrar en los éxitos de la lucha antisubversiva. Además, llevaron adelante campaņas publicitarias intensas y volanteos masivos desde aviones en campo y ciudad. En el campo de inteligencia, crearon el SIN (Servicio de Inteligencia Nacional), unificando los diversos servicios de inteligencia de las FF.AA. y FF.PP. El SIN se concentró en el soplonaje a amplia escala. A partir de ahí, empezó la infiltración sistemática en todas partes donde suponían alguna influencia del PCP, como en barriadas, organizaciones populares y universidades. Además, llevaron adelante la supervisión permanente de lugares públicos, como mercados o paraderos de microbús. Mientras tanto, el trabajo de la DINCOTE (Dirección Nacional contra el Terrorismo) apuntó a la dirección política de la guerra popular, es decir al Partido y especialmente a su jefatura. Se le aumentó el personal considerablemente y, con ayuda del imperialismo norteamericano, se le dio los medios más sofisticados y la mejor capacitación.

Aparte, se unieron todas las llamadas fuerzas civiles entre partidos políticos burgueses y revisionistas, la Iglesia Católica y otras instituciones en "marchas por la paz" o en el llamado "Consejo de Paz" que, por sus contiendas y pugnas internas nunca llegó a funcionar.

Por su parte, el revisionismo con sus planteamientos de "paz con justicia social", desarrollaba propaganda entre las masas contra la guerra popular. Ellos siempre han combatido al PCP y a la revolución, buscando evolucionar y defender el sistema, en vez de cambiarlo, y desarrollando acciones de delación. Al ver que el avance del PCP socavaba su antiguo cabalgamiento sobre las masas (a través de la CCP, CGTP etc.), sostenían que las masas están entre dos fuegos, partiendo obviamente de su propia situación de lacayos sin sueldos, cuyos servicios son rechazados. Al mismo tiempo, con criterio vulgar y oportunista, trataron de subsanar sus contradicciones, para que así el pueblo apoye la guerra contrasubversiva.

Toda está campaņa de pacificación obviamente repercutió en el pueblo, principalmente en las zonas dominadas por el gobierno y las FF.AA., creando una opinión pública favorable al término de la guerra, aunque sólo sea para librarse de las constantes batidas y allanamientos.

Pero su principal éxito de la lucha antisubversiva en el campo de inteligencia se logró con la captura de cuadros y dirigentes del Partido y, sobre todo, con la captura del Presidente Gonzalo, el 12 de setiembre 1992. La detención de la Dirección Central del PCP, implicó un golpe decisivo sobre la ya debilitada dirección proletaria, repercutiendo directa, larga y estratégicamente, no sólo tácticamente sobre todo el Partido, la guerra popular y la revolución peruana. Sin embargo, la guerra popular no ha sido derrotada ni será derrotada. El problema principal que enfrenta, es el de su dirección proletaria y, por tanto, no puede desarrollarse sino sólo mantenerse con la perspectiva de entrar en guerra de desgaste y en creciente riesgo de derrota. En esta situación, el Presidente Gonzalo propone un acuerdo de paz que debe servir al PCP, para volver a ganar la iniciativa y mantener el mayor contingente posible para proseguir su camino.

Por tanto, para el Estado peruano, el gobierno y la oposición, la paz ha devenido en una necesidad, que para ellos es la derrota de la guerra popular y el aplastamiento del PCP, buscando barrerlos del mapa, conjurando toda posibilidad futura de desarrollo en defensa de la clase y del pueblo, aplicando la "pacificación". Sin embargo, implicaría un gran costo en vidas, gasto, tiempo, mayor profundización del enfrentamiento social, con toda su secuela de encono y resentimiento, más la crítica y presión internacional. Todo esto les hace estar por la paz, aún a regaņadientes.

Hoy, no obstante que la situación objetiva establece la necesidad de un Acuerdo de Paz y se marcha a él, el campo reaccionario seguirá haciendo todo lo posible para imponer su "pacificación" e impedir el Acuerdo. Pretenderán introducirla soslayando el Acuerdo y buscando someter al PCP y las fuerzas revolucionarias a sus leyes, como la "ley de arrepentimiento" y otras similares. Y, en todo caso, apuntarán constantemente a que el Acuerdo de Paz se dé en las peores condiciones para el PCP y el pueblo, prosiguiendo con su acción represiva, como ha demostrado la mayúscula ofensiva genocida de abril y mayo. Mas, aún sancionado el Acuerdo, la cuestión será su aplicación. Pese a todo, siendo el acuerdo una necesidad objetiva, se abrirá paso y, de su aplicación, devendrá la paz, pues es necesidad del pueblo, de la nación y de la sociedad peruana en su conjunto.

Quienes se opondrán al Acuerdo -y en este sentido presionarán al pueblo- son los que directamente han servido y se han beneficiado de la guerra contrasubversiva. Ellos querrán proseguir su nefasta y "productiva" labor, más aún si pretenden convertirse en base política del gobierno y cumplir el papel del gamonalismo, del caciquismo politiquero, como muchos mandones al servicio del amo de turno.

Otros que se lanzaron frenéticamente a combatir al Presidente Gonzalo y a oponerse al Acuerdo de Paz han sido los revisionistas y oportunistas que gritaron "traición", "capitulación", "cobardía". Son los mismos que por aņos han proclamado el llamado "diálogo" para servir a la "pacificación" con el único fin de llevar la guerra popular a la capitulación y sacar provecho político de ello. Si hoy se lanzan contra el Acuerdo de Paz es porque no corresponde a sus intereses y apetitos.

A ellos hace coro la posición "ultraizquierdista", una posición simplista, sin fundamentos políticos sólidos, claros y precisos que defiende criterios de "pensamiento gonzalo sin Gonzalo", pero combate al Presidente Gonzalo y la izquierda del PCP como traidores y capituladores. Carentes de objetivos y enarbolando "mantener la lucha a ultranza", abren el peligro de una alianza con la oposición, incluidos los revisionistas, que cobijaría oscuros y mezquinos intereses. Es la ciega sinrazón política, producto del más torpe y monstruoso subjetivismo, unilateralidad y superficialidad. Estos no serán más que la expresión de una pandilla de Chang Kuo-tao.

Otros que se oponen a la posición proletaria del PCP, son los defensores de una posición derechista de renegar y abandonar la revolución, de ponerse al margen o pasándose al campo enemigo. Su actitud está marcada por un profundo pesimismo al pensar que el Partido y la revolución están descabezados, que la guerra popular está derrotada y que hay que dejar de luchar y esperar mejores tiempos. Igual que posición ultraizquierdista, sirven a los planes de la reacción de aniquilar al PCP mediante su política de "pacificación", para que nunca más se levante.

La necesidad del pueblo peruano y del PCP, es luchar por un Acuerdo de Paz, derrotar el engendro reaccionario de la "pacificación" y aplastar los mezquinos intereses de quienes se oponen a esta necesidad. El Acuerdo de Paz es un acuerdo revolucionario de combate y, en sí, es una forma de lucha política